Ayer, como millones de personas en el planeta, abrí Spotify y me dejé llevar por la ola del famoso Wrapped 2025. No soy de hacerle fiesta a las estadísticas, pero me interesaba entender no tanto lo que escuché yo, sino lo que está escuchando el país. Me encontré con algo que no es nuevo, pero sí cada vez más contundente: Colombia está dominando los rankings musicales. No como consumidor. Sino como productor.
De los 10 artistas más escuchados en Colombia este año, ocho son colombianos. Y si uno lo piensa con calma, esto es muchísimo más que un dato anecdótico. Es un fenómeno. Uno que no habíamos vivido antes como nación. Porque si hay algo que ha logrado esta era digital es que un país como el nuestro, con todos sus líos, se vuelva exportador neto de cultura musical. Y lo que sorprende es que esto ya no se limita a nuestros barrios o nuestras fiestas: artistas como Feid, Karol G, Blessd, Ryan Castro, Beéle o J Balvin aparecen no solo en listas locales, sino en los Wrapped de países enteros. Somos, sin exagerar, parte del soundtrack global del 2025.
Y todo esto ocurre en un solo género: el reguetón.
Sí, el reguetón. Ese género que todavía muchos se niegan a tomar en serio. Que para unos es “puro ruido” o “música de pelados”, pero que lleva años desafiando al elitismo cultural y abriéndose paso a punta de ritmo, calle y talento. Un género que no nació en Colombia, pero que aquí encontró una segunda patria. Y lo más curioso es que, aunque este fenómeno pareciera exclusivo de nuestros tiempos, no es la primera vez que el mundo gira en torno a un solo ritmo.

En los años 60, por ejemplo, Estados Unidos vivió la fiebre del rock ‘n’ roll. Era impensable no oírlo. Elvis era una religión, los Beatles (desde Europa) invadieron las emisoras, y cualquier banda que tuviera una guitarra eléctrica y algo de rebeldía tenía público asegurado. En los 80, Europa y EE. UU. sucumbieron al pop electrónico y al glam rock, y en los 90 llegó la era del hip hop, del grunge y del R&B como nuevos lenguajes urbanos. Cada década ha tenido su “monocultura musical” dominante.
Pero ninguna de esas tendencias vino de un país como Colombia. Ese es el punto.
Lo que estamos viviendo con el Spotify Wrapped 2025 no es solo una moda. Es un reflejo del lugar que ha ganado la música urbana colombiana en el mapa global. Un fenómeno que se cocina desde hace años, pero que hoy toma forma con nombres propios que la industria global ya no puede ignorar.
Y no, no es solo un tema de plataformas o algoritmos. Spotify, como cualquier gigante tecnológico, asume que todos escuchamos ahí, cuando sabemos que no es así. Pero hay que reconocer algo: se ha vuelto el medidor cultural más fuerte del mundo. Si no estás en Spotify, no existes en la conversación digital. Así de simple. Por eso lo que pasó ayer no es menor: Colombia apareció, con fuerza, en el radar global de la música comercial. Y eso tiene implicaciones mucho más grandes de lo que parece.
Porque más allá de los streams, los views o los virales en TikTok, este fenómeno mueve economías enteras. Gira alrededor de la música una industria de moda, entretenimiento, turismo, branding, producción audiovisual, venta de entradas, monetización de derechos, y sí, también de inspiración. Hoy Medellín, por ejemplo, es vista como una nueva capital musical en Latinoamérica. Lo que antes era solo Miami o Puerto Rico, ahora incluye a Colombia como la nueva incubadora del sonido urbano.
Un artista que la rompe afuera se lleva consigo a productores, coreógrafos, fotógrafos, ingenieros de sonido, managers y hasta diseñadores de vestuario. Esto genera empleo, exporta talento, crea ciudad. Es una economía creativa en acción. Y aunque algunos digan “es que eso no es música de verdad”, los datos no mienten: esto está alimentando a miles de familias. Y eso importa.
Yo no soy 100% oyente de reguetón. No me sé todas las letras, no voy a todos los conciertos, y me cuesta seguir el hilo de tantos pseudónimos y colaboraciones. Pero no lo rechazo. Porque no soy tan arrogante como para negar el poder cultural y económico de una tendencia que viene desde abajo y que hoy nos ubica en el mapa con fuerza.
Además, se siente distinto. Porque por primera vez no estamos imitando. Estamos creando. No estamos traduciendo. Estamos exportando. Y ese cambio de rol es brutal. Antes, nuestros artistas soñaban con sonar en México, en Miami, en Madrid. Hoy, nuestros artistas encabezan los lineups de esos países.
Y todo esto empezó —quién lo diría— desde el barrio. Desde los micrófonos prestados, los estudios caseros, los ritmos pegajosos y la terquedad de una generación que entendió que hacer música era más que grabar canciones. Era contar su historia con flow.
No sé cuánto va a durar esta ola. Ninguna tendencia es eterna. Pero sí sé que esto que estamos viviendo en 2025 es histórico. Nunca antes Colombia había tenido tanto peso en una industria cultural global. Nunca antes un solo género había puesto a tantos de los nuestros en la cima, sin necesidad de disfrazarse, ni hablar otro idioma, ni rogar por atención.
Es fácil menospreciarlo desde el prejuicio. Pero es más valiente entender que estamos viendo algo que nunca habíamos vivido como país.
Y tal vez, lo más loco de todo, es que esto apenas comienza.